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Lo mal del mercado laboral

Hay una conversación crucial y cada vez más urgente sobre la precariedad laboral que afecta a nuestrxs profesionales, especialmente a la juventud que emerge de las universidades con grandes sueños y una inversión considerable. La reflexión surge a partir de una publicación en LinkedIn que, para sorpresa mía, generó buena acogida, revelando que esta problemática es un dolor compartido por muchxs.


Imagen de archivo de Wix
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La cruda realidad del mercado laboral colombiano (y latinoamericano)


Desde el año pasado, mis estudiantes de posgrado de la Universidad Nacional, quienes cursan especializaciones y maestrías en políticas públicas, han compartido sus profundas dificultades para encontrar trabajo y, cuando lo hacen, para recibir una remuneración justa. El panorama es desolador: muchos encuentran mayores oportunidades en call centers o en la informalidad, tercerizando sus servicios. Los salarios rara vez superan los 2.5 millones de pesos mensuales, y a menudo apenas sobrepasan el salario mínimo legal vigente en Colombia, incluso para aquellos con estudios de posgrado.


Esto contrasta drásticamente con los costos de la educación: cada semestre de posgrado puede llegar a costar cerca de 11 millones de pesos (más de $2,000 para quienes nos ven fuera de Colombia). Es decir, trabajan para estudiar, una paradoja que genera una profunda preocupación. Familias enteras invierten en la educación superior de sus jóvenes con la esperanza de una movilidad social que, al parecer, el mercado laboral no está dispuesta a recompensar.


El círculo vicioso de la especialización y la sobrecalificación


El problema no termina con el pregrado. Los graduados de especializaciones ven una ligera mejora en la remuneración, llegando a unos 3 millones de pesos mensuales, pero a menudo se ven obligados a buscar dos y hasta tres contratos de prestación de servicios para "hacer caja". Sus vidas quedan en pausa, trabajando hasta el cansancio, mientras el sistema "les quema la juventud".


Los comentarios en LinkedIn refuerzan esta visión, señalando que el mercado laboral en Colombia lleva años en una precarización constante, con ofertas laborales en ONG que pagan lo mismo que hace 10 años, a pesar del aumento del costo de vida. Esta situación, sumada a la inversión en maestrías y doctorados sin el retorno esperado, impulsa una fuga masiva de cerebros.


Un punto recurrente es la sobrecalificación. Muchos, buscando mejorar su remuneración, se especializan, solo para ser rechazados por ser "demasiado" calificados o por la incapacidad de las empresas de pagar lo que su conocimiento vale. Estamos persiguiendo una ilusión.


Las universidades y la desconexión con la realidad laboral


Podemos hacer una crítica contundente a las universidades, que parecen vivir en una burbuja. Se cuestiona por qué, con matrículas tan elevadas (especialmente en el sector privado), no hay un mejor retorno para los estudiantes. Se las acusa de no prever los cambios en la demanda de profesiones, enfocándose más en la obtención de recursos que en los resultados para sus egresados, lo que llega a sentirse "delictivo".


Sin embargo, también cabe una reflexión crítica sobre la idea de que las universidades deban "armonizar" sus planes de estudio con un mercado laboral "supervoluble". La historia y la filosofía, por ejemplo, son profesiones milenarias que siguen siendo esenciales para comprender la realidad, pero que el mercado laboral actual ha desvalorizado. La educación no debería ser vista solo como una inversión con un cálculo milimétrico de retorno económico, sino también como un placer y una energía vital.


Un problema compartido en América Latina


Esta precarización no es exclusiva de Colombia. En Argentina, por ejemplo, se observa un retroceso similar, exacerbado por gobiernos que buscan reducir el estado a su mínima expresión, dejando todo en manos de un mercado "altamente voluble". Esto pone en riesgo el bienestar de las personas, que va más allá de los recursos económicos y se conecta con el logro personal y la identidad.


También, existen barreras de entrada y prácticas laborales cuestionables. La "profundidad del abismo" es aún mayor cuando se considera la dificultad para conseguir un primer empleo debido a la exigencia de "mínimos años de experiencia", incluso para puestos iniciales. A pesar de las leyes de primer empleo, las convocatorias piden al menos 2 años de experiencia, dejando a los recién egresados en una espera frustrante.


Además, las prácticas de contratación son cada vez más problemáticas: entrevistas grupales con numerosos candidatos, muchos de ellos altamente calificados, y la falta de información sobre la remuneración hasta el final del proceso, que a menudo resulta ser "bajísima" (inferior a 2 millones de pesos). Es una señal de que las organizaciones buscan personal sobrecalificado sin que la oferta salarial corresponda al perfil requerido.


La raíz del problema: desvalorización y desconexión


La teoría de un comentarista del post es clara: nuestros padres nos inculcaron que estudiar era sinónimo de progreso económico, lo cual era válido en el siglo XX. Sin embargo, la oferta de profesionales ha crecido exponencialmente, superando la demanda, lo que permite a las empresas pagar salarios bajos. Es el "ejército de desocupados" del que hablaban Marx y Engels.


La discusión política es el vínculo que nos conecta colectivamente. La precarización laboral es un dolor micropolítico que afecta la vida de las personas y una dimensión macropolítica que requiere de políticas públicas y un repensar la educación a nivel global.


Un llamado a la reflexión y al cambio


Es inaceptable que se sigan estableciendo jerarquías de valor entre las "ciencias duras" y las "ciencias sociales, humanas o artes y humanidades" en el mercado laboral. El sufrimiento de quienes invirtieron años en su formación para luego dudar de su valía es inmenso.


Debemos reconocer el valor intrínseco de las personas más allá de su profesión y repensar la educación no solo en función del mercado, sino también en lo que la sociedad realmente necesita más allá de "robots". Las empresas que solo pueden crecer a costa de la precarización deben reconfigurar el corazón de su negocio, porque al final, ¿quién consumirá sus productos si la gente no puede pagarlos?.


En Sin Culillo, seguiremos sin miedo a lo político, visibilizando estas discusiones para construir un futuro más justo y digno. ¡Gracias por escuchar y por compartir sus comentarios!

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