¿Por qué Todas, Todes y Todos deberíamos ser feministas? Desarmando la cultura micropolítica Sin Culillo
- sinculillo
- 27 oct
- 4 Min. de lectura
Hace unos días leí un libro pequeño, pero poderoso, que amablemente me prestó una amiga. Se trata de "Todos deberíamos ser feministas", de la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie. Aunque ella lo titula así, yo complementaría: Todas, todes y todos deberíamos ser feministas. Lo referencié en un video de Youtube.

Lo que me pareció fascinante de este manifiesto es el llamado directo que hace a recomprender y reconfigurar lo que entendemos por feminismo hoy en el mundo. Y sí que necesitamos esa reconfiguración, porque ¿quién no ha escuchado las connotaciones negativas asociadas a ser feminista?
En todo caso, por Tiktok recibí un comentario acerca de cómo la autora, al parecer, defiende el alquiler de vientres y su postura es de un feminismo "liberal". Quiero en este punto señalar que no defiendo a la autora y desconocía ese historial. Agradezco a la persona que me lo hizo notar, pero también creo que debemos darnos un margen para al menos saber de qué trata esta obra y luego que cada quien se haga su propia idea.
El mito de la mujer enojada y los micromachismos
La autora relata las etiquetas que le han puesto: ¿Odias a los hombres? ¿Odias la cultura? ¿Siempre estás enfadada?. Esta última me la dicen recurrentemente, sobre todo los hombres. No es que una viva en permanente enfado, pero la verdad es que la desigualdad y la inequidad de género están siempre presentes, y eso, ¡claro que me enfada!.
Ahora, hablemos de lo que a mí me toca profundamente: la micropolítica.
Ustedes saben que soy de lo cotidiano, y en el día a día es donde surgen las representaciones que más nos duelen. Chimamanda relata cómo, al asistir a eventos o restaurantes acompañada por hombres, la gente que nos atiende identifica automáticamente al hombre como el proveedor, invisibilizándonos. Ella lo dice claramente: "Son nimiedades, pero a veces son las cosas pequeñas las que más nos duelen". ¡Y qué razón tiene!
Cuando las mujeres nos paramos y damos nuestra voz de inconformidad sobre esta desigualdad, se suele entender como que estamos en contra de un orden establecido o queremos eliminar a los hombres del mundo. Por eso, si eres mujer, no se espera que expreses rabia, "porque resulta amenazador". Esa representación de que nuestra posición vehemente nos resta legitimidad está muy presente en los escenarios de discusión. Pero la lección aquí, y la que me lleva a no tenerle miedo a lo político, es que lo peor que podemos hacer es quedarnos callades.
La fragilidad del ego masculino y el cambio cultural
La discusión sobre el feminismo no es solo para las mujeres; de hecho, la forma en que criamos a nuestros niños les hace un flaco favor porque se reprime su humanidad, definiendo la masculinidad de una forma muy estrecha. Esto deja a los hombres con "unos egos muy frágiles". Cuanto más duro se siente obligado a ser un hombre, más debilitado queda su ego.
El camino, según la autora, está en reevaluar la crianza. ¿Qué pasaría si en lugar de centrarnos en el género, nos centráramos en la capacidad y en los intereses de nuestros hijos e hijas?. Dejemos de exigirles esa dureza a los niños.
Hay mucha resistencia a hablar de estos temas. No es fácil tener conversaciones sobre género; incomodan e irritan a la gente. Rápidamente, la gente (hombres y mujeres) tiende a restar importancia a los problemas de género.
Algunos hombres, con buena voluntad, dicen: "Yo ni siquiera pienso en términos de género, yo no hago distinción. Las mujeres hoy en día ya lo tienen más fácil". La autora refuta esto tajantemente: que tú no veas que hay un problema no significa que el problema no existe. Siguen existiendo problemas en términos de la equidad de género.
Y sobre la pregunta de por qué usar la palabra “feminista” y no solo decir que creemos en los derechos humanos: la autora es clara. Sería deshonesto. Lo que estamos peleando es precisamente por los derechos de las mujeres ante un sistema cultural, político y económico que nos pone en condición de vulnerabilidad y que, además, se ha naturalizado.
La cultura no es la validación de la injusticia
La raíz de esta naturalización es la idea de que la distribución de roles productivos en torno del género es un hecho natural. Pero la cultura no es inmutable. ¿Qué sentido tiene la cultura, en última instancia? Asegurar la preservación y continuidad de un pueblo. La gente hace la cultura, y si la cultura no incluye que las mujeres sean seres humanos de pleno derecho, debemos y podemos cambiarla.
Un indicador de este cambio cultural es el lenguaje. A muchas personas les disgusta que hablemos de "todas, todes y todos", y me insultan permanentemente por eso, pero es necesario. Es un indicador de cómo la cultura va transformándose en términos del reconocimiento de que todas, todes y todos deberíamos ser feministas.
Estos procesos de cambio y discusión sobre el género tienen que darse, y tenemos que mejorarlos, incluyendo a las personas que están en el intermedio o fuera de esa distinción binaria. Pongamos de presente que la cultura no es la validación de la injusticia.
¡Manos a la Obra, Sin Culillo!
Si estas reflexiones sobre la micropolítica, la cultura y la iniquidad de género te resuenan, te invito a que te sumes al debate. El objetivo de Sin Culillo es seguir generando estos espacios de educación política que nos permiten discutir lo que incomoda y que es justo.
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¡Nos vemos en otra, sin miedo, sin culillo a lo político!.












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